jueves, 11 de abril de 2019

LA POESÍA CONTINÚA...






Medio millón de parados en la capital, una habitación al quilada y un treintañero que, por el salario mínimo, descarga pupitres donde se formarán futuros economistas. Así empieza ‘Huelga decir’, de Abel Santos. Y así ha de continuar.
Abel es un hombre sensible, como lo fueron Bukowski envasando pepinillos, Rimbaud inundado de absenta o Corso dentro y fuera de prisión. Abel no escribe (si lo hiciera tendría una gran casa y sus libros coparían las mesas de novedades de los centros comerciales): Abel poetiza. Y eso duele, como duelen la esperanza y la verdad.

Cuidado, joven poeta.
Cierta poesía es un fuego salvaje.

Que no es bueno tragarse
más de tres poemas malditos
hasta la maldita poesía lo sabe.
Abel regresó del infierno (pocos lo han logrado) y supo que jamás podría volver a mentir. Su obra es, ante todo, sincera, y el lector ha de firmar con su sangre un pacto sagrado al abrir este libro: nunca mirar para otro lado. Verá el fracaso, el desmoronamiento de la sociedad, el resquebrajarse de los cimientos de lo que se llamó verdad, y deberá permanecer asido a las páginas, unas páginas que serán la luz del pasillo tras la puerta entornada.
Abel camina con Roger Wolfe, con Benjamín Prado, con Karmelo C. Iribarren. Pasan frente al Banco de Santander, vomitan en las casas sin gente, lloran por la gente sin casa, contemplan las acacias en el desierto y sueñan, ahora que conocen mil maneras de morir, con descubrir alguna forma de vivir.




Así que cuando encuentres a alguien



que superó una adicción
mira a esa persona no como a quien ganó
una estúpida pelea callejera,
sino como al vencedor
de una verdadera lucha de gigantes.
Abel es metapoesía, la rima dentro de la lágrima, la rebeldía del insolente verso libre, el fuego que purifica los papeles que escribe la mala gente que camina. Se enfrenta a la página en blanco sabiendo que peligra el sustento y que, como Tántalo, quizá algún día estire el brazo y no agarre nada. Abel sabe lo que hay tras un concurso de poesía y, cada día más flaco, compone versos con los trozos de su corazón cada vez que explota.

El sobrio saxofón de Stan Getz
me abandona a la tristeza
con esta sensación
de amor medio escrito,
las Hojas de otoño

en las que la edad me ha inscrito,
un dolor que intento
traspasar y me atraviesa.
Los versos de Pedro Salinas, las amantes de Picasso, el cine de Polanski, los nocturnos de Chopin, la tumba de Jim Morrison, Zelda y Scott, Hemingway… Todo eso encontró Abel bajo una falda y dejó abierto el poema. Y por la brecha entraron Silvia Pérez Cruz, el Javier Colina Trío y las lágrimas de Chet Baker, ondeando banderas que se perdieron entre las olas.
Las paredes de su cuarto amarillean por el humo de un cigarrillo tras otro y baja al parque tarareando canciones que ya nadie recuerda. Luego regresa a esa habitación donde hasta el silencio calla y cierra los ojos sin esperar nada, pues ha dejado de creer en la mañana. Entonces sueña que alguien canta jazz en la ducha vacía y, al despertar, ha olvidado los versos que quería escribir.
Te diré por qué no soy el poeta
que estabas esperando:
yo no estoy aquí,
como los buenos conserjes,
para enjabonar los espejos mágicos
de tu torre de marfil
o sólo para abrir y cerrarte
amablemente las puertas;
estoy aquí para hacer
todo eso que tú no puedes:

darte una patada en el culo,

recoger los cristales rápido
—para estar en casa a eso de las nueve—
y adiós muy buenas.
Dice Javier Cano en el prólogo: «Abel es un poeta sincero: no acepta otra forma de ser poeta y persona. Es su verdad limpia, transparente, sin tapujos ni sombras. Sus poemas no son un refugio: más bien son un territorio que roza lo sagrado y lo próximo. Abel Santos enciende un cigarro y se da un paseo por la realidad, recorre sus estrechos callejones, impregna de luz y emoción cada desencuentro y cada obstáculo. La poesía como medicina, como oxígeno, como bálsamo, como la más excelsa de las libertades».
Huelga decir que estamos de acuerdo.
¿Quieren transitar este territorio sagrado? Adelante, nos vemos a la vuelta.

Luis Sánchez Martín
Editor de Boria Ediciones



HUELGA DECIR de Abel Santos

64 poemas sobre una crisis

prólogo de Javier Cano

Pídelo en tu librería habitual o en la web de la editorial
sin gastos de envío para el territorio nacional


El grupo musical León Benavente
versiona Cuesta Abajo,
una canción de Lorena Alvárez

jueves, 1 de noviembre de 2018

LA HUMANIDAD DE LAS BESTIAS



OBSERVA

Conócete a ti mismo.

SÓCRATES


Estamos jodidos.

El vagabundo
está tumbado en la boca del metro,
invisible, como el vacío.

Y en la calle,
distintas edades de seguidores
ya se apresuran,
de buena mañana,
a la nueva Feria del Cómic.

Reparar en un mendigo
da que pensar, y es un asunto lento.

Es más fácil
luchar contra el mal
me digo
comprando muñecos
(a la velocidad de la luz)
de la guerra
de las galaxias.

Yo llegaré tarde al trabajo
y no me paro,
en cambio, lo veo.

Qué bien le vienen las prisas
al pueblo del mundo
pienso

para no
enterarse
de nada.

©Abel Santos
de su poemario de próxima publicación
HUELGA DECIR,
con prólogo de Javier Cano




lunes, 6 de agosto de 2018

LADY SHAZAM




LADY SHAZAM

Que cada cosa cruel sea tú que vuelves.

JULIO CORTÁZAR


Cuando de nuevo pierdas la cabeza
por saber el nombre
de otra canción que te vuelve loco,

recuerda a aquella mujer
que durante largo tiempo amaste
y que nadie sabía decirte entonces
cómo se llamaba,

la misma
que por fin fue tuya,
que su gemido
era tu música en la rutina,
hasta que vino a reclamarla
otro amante, otro
escenario, otra vida.

Pongamos que su nombre
es Lady Shazam,

la que, a veces, de repente
te devuelve la radio
con un golpe de añoranza,
mientras sigues lavando
los platos rotos
de aquellos días.
©Abel Santos
de Huelga Decir, 
Próximamente en Boria Ediciones








  

jueves, 3 de mayo de 2018

EL PIANISTA


WLADYSLAW SZPILMAN

Oculto
en la parte aria de la ciudad
el pianista ejecuta
una canción
Sin tocar las teclas. Sabe
que todo está a oscuras,
y la música de Chopin,
su pureza,
puede delatarle:

Negras.
Blancas. Blancas.
Blancas.

El pianista sólo ve
-letales- las linternas.

Abel Santos, 
de LAS LÁGRIMAS DE CHET BAKER
CAEN A PISCINAS DORADAS, 
Chamán Ediciones, 2016;
2da edición 2017)


viernes, 9 de marzo de 2018

EXPERIENCIAS


EXPERIENCIAS

Que la vida es una partida
donde el tiempo
es la puja inicial,

y donde el corazón puede ganar
o descorazonarse
bajo la triste luz de un farol,

yo doy crédito de ello.

Pero
no verás cada carta
aquí,
en mi mano,

joven jugador.

de "Las lágrimas de Chet Baker
caen a piscinas doradas"
Chamán Ediciones, 
1a edición octubre 2016,
2da edición junio 2017.


viernes, 26 de enero de 2018

LA LLUVIA ES UN BUEN LUGAR DONDE ESCONDERSE





La lluvia es un buen lugar donde esconderse


Y llegó nuestro primer malentendido.

Hay innumerables tipos de males o malestares, pienso,
pero sólo hay una salud.

Benedetti lo dijo antes y mejor:
«Un hombre alegre es igual a todos
en el coro de hombres alegres.
Un hombre triste no se parece
a ningún otro hombre triste».

Y todo por una tontería,
porque mi día de hoy ha sido confuso y desafinado.

Nos sentamos en silencio en un banco de la calle,
no muy lejos de la sala de Urgencias.
Me abrazo a ti. Se me escapan algunas lágrimas.
Y justo, empieza poco a poco a llover,
como solo puede hacer coincidir la poesía.

No quieres salir de allí.

Me dices: —Si mañana en el trabajo me preguntan,
¿pero cómo cogiste este catarro?,
les diré que sentada en un banco con mi chico,
escondidos al otro lado de la puerta de la preocupación,
dándonos cariño bajo la lluvia.

Empiezan a caer de mis ojos gotas de alegría.

Sonrío, como aquellos románticos
de La canción francesa en los años sesenta:
Gilbert Bécaud, Charles Aznavour...

Me devuelves a mi lugar en la coral de los ángeles.

Y es que el amor siempre nos define,
igual que un detalle entra
en un prejuicio y lo desarma.

©Abel Santos






domingo, 7 de enero de 2018

LA PALABRA




La palabra
Y en esa antigua guerra en que el relevo
de la vida es la vida
pierde acaso la muerte una batalla.

Vicente Gallego



Me encantan los lugares vacíos
porque en ellos uno sólo tiene que preocuparse
de su propia cabeza hueca.
Por eso amo los escenarios y las páginas en blanco.

Entre cielo e infierno está el vacío,
y en ese vacío, el arte.

Entramos en el bar donde se celebra
el Slam de Poesía del Baix Llobregat
en el que esta noche participas.
Y una canción resuena en mi cabeza:

El mismo bar. Distinta gente.
Las mismas cosas en un lugar diferente…

Aunque eres joven,
aún no has terminado tu poema
y nuevas generaciones de poetas
ya esperan detrás de ti, y no los ves venir,
y no les hueles ni el humo; este humo tan parecido
al que yo tuve en su momento
adueñándome de la vida,
cuando estrenaba mis primeros recitales
y publicaba las primeras páginas de versos.

Te han eliminado en la primera ronda
―te digo, de camino a casa―,
pero sigue, inténtalo otra vez, y recuerda:

El juego de las palabras sólo es un juego
en cuanto creemos que ganamos algo distinto:

Los poetas de slam
luchan contra las risas sordas
que llegan del fondo de la barra.
Los poetas de libro
luchan contra la sonrisa irónica
en las librerías del silencio.
Escribir hablando. Hablar escribiendo.
Los dos actos, amor, son lo mismo:
La lucha. La poesía.
Y en el centro de todo, la palabra.

Dos movimientos distintos
del mismo péndulo.

© Abel Santos
Todos los derechos reservados en CEDRO